Amiga, date cuenta: no vas a heredar la empresa
Esto le sucedió a un amigo, todo por un error de contratación que nadie en la empresa quiso admitir. En aquel momento lo pasó muy mal, hoy lo cuenta como una anécdota tan divertida que casi nadie se cree que la vivió de verdad.
Dicen que las primeras impresiones lo son todo, pero su historia en aquella empresa empezó mal desde la propia entrevista. La persona que lo entrevistó lo recibió con una energía tan fría que casi necesitó abrigo. Se notaba a leguas el desinterés: la mirada decía claramente «esta plaza ya tiene dueño y tú solo estás aquí para rellenar el cupo de entrevistas». Salió de allí convencido de que sus posibilidades eran cero.
Por eso, cuando esa misma tarde le sonó el teléfono para decirle que el puesto era suyo y que empezaba el lunes, no se lo podía creer. ¿Había juzgado mal la situación? ¿Su currículum los había deslumbrado en secreto? Pura ingenuidad la suya.
Llegó el lunes, el día de la verdad. Entró a la oficina con su mejor sonrisa de empleado nuevo, pero en cuanto la entrevistadora lo vio cruzar la puerta, la cara se le transformó. Pasó de la neutralidad al pánico absoluto en un segundo. Ahí lo entendió todo: no lo esperaban a él. Salió disparada a hablar por teléfono y, aunque intentó alejarse, hasta el fondo del pasillo se escuchaban sus gritos y su indignación. En Recursos Humanos alguien había apretado el botón equivocado y habían terminado contratando al candidato «incorrecto».
A partir de ahí empezó el calvario. Como nadie podía admitir el error sin quedar mal, le aplicaron la táctica del hostigamiento exprés. Durante tres días, su vida allí fue un monólogo de reproches: que si había dicho en la entrevista que sabía hacer esto, que si lo hacía todo mal, miradas de desprecio incluidas de regalo en el paquete de bienvenida. Daba igual que fuera su primer día y que, aunque conocía el trabajo, necesitara un mínimo periodo de adaptación para entender sus herramientas. Para ella, él era el impostor que le había arruinado el plan.
Al tercer día de comentarios mordaces y un ambiente más tóxico que un vertedero químico, dijo basta. Tenía decidido presentar la renuncia esa misma tarde, no había sueldo que pagara semejante trato. Pero la vida da sorpresas: cuando fue a comunicar su salida, se dio cuenta de que ya se le habían adelantado. Tenían listos el despido y el finiquito sobre la mesa.
Lo que le quedó de aquello:
- Un error ajeno no tiene por qué convertirse en tu problema, por mucho que te lo quieran endosar.
- No hace falta aguantar un trato hostil solo porque sea tu primer día, ni ganarte un puesto a base de sufrirlo.
- Y a veces la salida que estabas a punto de forzar tú mismo llega sola, y encima paga finiquito.
Al final, su plan de irse con las manos vacías se convirtió en una pequeña victoria financiera. Se fue a casa, libre de un ambiente insoportable y, de paso, cobrando tres días de pura comedia absurda y con una gran anécdota para contar y brillar en las reuniones con amigos.
Si tienes alguna historia que quieras contar por aquí, escríbeme a jenniffer@guaduastudio.com y la publico de forma anónima en los siguientes posts. Eso sí, al final de tu historia cuéntame qué aprendiste de aquella experiencia, qué te dejó de positivo. Gracias.