Amiga, date cuenta: no vas a heredar la empresa
Esto le sucedió a la hija de una vecina, y todo por no fijarse a tiempo en la letra pequeña del contrato, aunque de poco le hubiese servido.
Un día me la encontré en el autobús, de camino a casa. Tenía cara de pocos amigos, así que me armé de valor, la saludé y le pregunté si estaba bien. Error mío, por ser amable me convertí durante un rato en la terapeuta de sus traumas (es broma).
Me contó que llevaba varios meses pasándolo mal. Había empezado en un trabajo nuevo hacía casi un año. En el anterior tenía un contrato en prácticas y pésimas condiciones, así que se había puesto a buscar, y en cuanto encontró uno que encajaba, se cambió.
En la entrevista de este nuevo trabajo tuvo dos rondas. La primera, un filtro de recursos humanos que apenas le contó nada, solo le dio la cifra que cobraría, que se ajustaba a su rango salarial. Las demás preguntas quedaron en el aire, la persona de RRHH se disculpó diciendo que no tenía toda la información, pero que en la siguiente entrevista, con la manager del proyecto, se aclararían todas las dudas.
Llegó la segunda entrevista. Se sintió muy contenta por avanzar en el proceso y no quedar descartada en la primera llamada. Llevaba tiempo buscando, estaba en el punto del desespero y bastante baja de ánimo, pensando que no valía para el mundo laboral, así que seguir en el proceso le inyectó algo de alegría. En esta entrevista estuvo solo con la manager, que no era de la empresa que la contrataba sino del cliente, algo que descubrió más adelante. Que RRHH no estuviera presente le pareció raro, pero en la entrevista fue ella quien hizo las preguntas y la manager quien respondió.
Recuerda muy bien haber insistido, tanto a RRHH como a la manager, en que no quería hacer determinadas tareas. No buscaba un puesto concreto, buscaba otro. Ambas le aseguraron que podía estar tranquila, que no era para ese puesto.
Una semana después la llamaron para decirle que el puesto era suyo, con fecha para empezar, primero tendría que pasar por las oficinas de la empresa contratante para firmar el contrato, y después ir a la oficina del cliente para arrancar. Llegó el día. Estaba muy nerviosa, pero también ilusionada, aquello implicaba un avance profesional, un paso más en sus responsabilidades.
Fue directa a firmar el contrato, y ahí llegó la sorpresa. Después de firmarlo, la persona de RRHH le sacó otro papel para firmar. Era una cláusula que la obligaba a hacer guardias. Nadie, en ningún momento, le había hablado de guardias obligatorias, justo lo que había pedido explícitamente que no quería incluía guardias. Se lo hizo saber a RRHH, entre enfadada y asustada. La respuesta fue que era un mero trámite que exigía el cliente, que todo el mundo lo firmaba, pero que eso no significaba que realmente tuviera que hacerlas. Estuvo a punto de negarse y no firmar, pero necesitaba el sueldo. Podía firmar y empezar a buscar de nuevo, aunque le molestó mucho que, desde el minuto menos uno, ya hubiera mentiras de las gordas encima de la mesa.
Todo fue bien durante tres meses. Entonces la cambiaron de proyecto y la metieron justo en el puesto que había dicho expresamente que no quería. Sin preguntárselo, sin darle tiempo a reaccionar. Un día se fue a casa como siempre, y al día siguiente se encontró un correo de su nuevo manager esperándola. Ni una reunión presencial para comunicárselo. A partir de ahí, empezó a hacer guardias cada dos semanas. Trabajaba de lunes a lunes, 24 horas al día, porque además la carga de trabajo era tan grande que empezó a hacer horas extra.
Tantas horas extra que su responsable en la empresa que la había contratado se reunió con ella un día y le explicó, muy amablemente, que RRHH le había llamado la atención porque todo el equipo estaba haciendo demasiadas horas extra y legalmente había un límite. Así que, a partir de ese día, esas horas dejaban de llamarse horas extra, y como ya no eran horas extra, se compensarían con tiempo libre, solo se pagarían las que entraban dentro de lo legal.
El tiempo de más, claro, seguía ahí. Cuando había revisado las condiciones al entrar, la persona de RRHH le había dicho que en esa empresa correspondían 30 días laborales de vacaciones. Sobre el papel sonaba genial, pero en la práctica esos 30 días, más todos los días acumulados por las «no horas extra», se convirtieron en un problema. Si no se disfrutaban en el año, la amenazaban con perderlos, pero no había tiempo para disfrutarlos, y siempre era mal momento para pedirlos.
Estaba asqueada de aquel trabajo, se sentía muy engañada y con muy pocas energías. Buscaba como loca cambiarse a cualquier sitio, a cualquier sector, a hacer cualquier otra cosa. Lo único que quería era salir de ahí.
Esto es lo que le quedó de aquella experiencia:
- Pide todo por escrito en el precontrato, así podrás reclamar legalmente si después no se cumple.
- Revisa la letra pequeña del contrato días antes de la firma, no el mismo día que vas a firmarlo, casi nadie lo hace, pero puedes pedirlo y asesorarte con un abogado.
- Denuncia cuando el tema es tan grave como maquillar horas extra para no pagarlas.
- Que te engañen no significa que hayas fracasado, no dejes que eso arruine tus ambiciones ni tu ánimo.
Siempre existirán personas y empresas con malas prácticas. Es inevitable tropezarse con alguna, lo importante es salir de allí a tiempo, sin dejar que te hundan o te conviertan en una persona deleznable, perdiendo lo que realmente eres.
Si tienes alguna historia que quieras contar por aquí, escríbeme a jenniffer@guaduastudio.com y la publico de forma anónima en los siguientes posts. Eso sí, al final de tu historia cuéntame qué aprendiste de aquella experiencia, qué te dejó de positivo. Gracias.