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La becaria, el edificio sin ventanas

Amiga, date cuenta: no vas a heredar la empresa

Esto le pasó a una amiga que me lo fue contando mientras lo vivía, semana a semana.

Encontró esta beca a través del servicio de empleo de la universidad, ligada a un programa de formación: cursos por las tardes además de las clases de la carrera y las ocho horas de trabajo, de ocho a tres. Era joven, con energía de sobra para hacer las tres cosas a la vez. El puesto: rellenar Excel y copiar documentación técnica en Word. Estuvo ocho meses ahí y nunca llegó a entender bien cómo se hacía su propio trabajo, porque nadie se molestó en explicárselo. Aquí no había tutor de universidad vigilando la beca, solo el propio programa, que insistía en que si les pedían horas extra podían negarse. En la práctica, nadie decía nada. Aquello ya olía a ambiente laboral tóxico desde la primera semana.

La oficina estaba dentro de un edificio que en realidad era un parking. Sin ventanas al exterior. Al salir, salías directo al aparcamiento. Los baños estaban fuera, en ese mismo parking, con ventanas que no cerraban y que se podían ver desde las plantas de arriba. En invierno, ir al baño significaba pasar frío y sentirse observada. Descubrió un baño en la planta inferior con la ventana bien cerrada. Más lejos, más frío en el trayecto, pero al menos con algo de intimidad.

Su tutor asignado dentro de la empresa estaba en otro departamento y no dio nunca indicaciones de nada, solo lo vio el primer día que se presentó. Quien acabó enseñándole el trabajo fue un compañero que estaba ahí muy cómodo, porque era yerno del director, algo que le hacía inmune a la ronda de despidos que empezó poco después. Durante meses, cada viernes se iba alguien. Nadie contrataba a nadie nuevo, así que el mismo trabajo se repartía entre cada vez menos gente. Los lunes se volvieron un ejercicio de aguantar la respiración.

Un día ese compañero se fue de vacaciones y le dejó su tarea: hablar con los técnicos, pedirles la información y documentarla. Llevaba semanas viéndolo hacer exactamente eso. Se acercó al jefe técnico, un hombre que hasta entonces siempre había sido simpático, bromista, y le pidió la información que necesitaba. Sin sonrisa, con cara de pocos amigos, la respuesta fue seca: «No voy a hacer tu trabajo». Se quedó bloqueada. Era un hombre grande, ella se sintió diminuta, y salió de ahí sin saber qué hacer. No hizo nada, literalmente nada, durante una semana. Cuando su compañero volvió de vacaciones y descubrió que la tarea seguía sin hacerse, se enfadó con ella. Nadie necesitaba hacerla sentir peor, ya se sentía bastante mal sola. Pero de ahí en adelante, aquella frase se le quedó rondando junto a otra que empezó a construir ella misma: «ni yo el tuyo, que yo solo soy una becaria a la que tratan como una mierda».

Los despidos seguían, el trabajo no bajaba, la gente sí. Un día su compañero le pidió, «por idea del jefe», que hiciera la jornada completa, dejando caer que negarse no quedaría bien. Lo hizo. Una semana entera con el horario de un trabajador normal, sin contrato de trabajador normal. No tenía la experiencia para reconocer que aquello no se pedía, así que se dejó convencer, pensando además que eso sumaría puntos para un contrato futuro.

El baño lejano y frío pasó factura. Un día se levantó con un dolor de espalda fuerte y le dijo a su compañero que necesitaba ir al médico. Él la miró serio: «No se te ve mala cara, no te van a dejar marchar, aquí te tienen que ver tirada por el suelo para que te dejen ir por enfermedad». Aguantó toda la jornada y, al salir, fue directa a urgencias con fiebre alta. Una semana de baja: infección de riñón, de aguantarse las ganas de orinar demasiado tiempo. Todo tiene consecuencias.

Después de ocho meses de ansiedad y de lo que ella misma describe como depresión, se armó de valor y le preguntó a su jefe si, al terminar la beca, había alguna posibilidad de contrato. Él le dijo que estaban muy contentos con su trabajo y su compromiso, pero que un contrato a tiempo completo no iba a pasar, que no estaban contratando a nadie. Y añadió que preguntara en la universidad si podían alargarle la beca, porque les venía bien que se quedara, que hacía falta gente. Se quedó sin palabras. Se sintió tratada como una tonta. Se fue pocos días después.

Lo que le quedó de aquello:

  • La salud va primero. Ningún trabajo merece que la pierdas, porque para la empresa eres un recurso sustituible, no una persona.
  • Los compañeros de trabajo no son amigos, son gente haciendo su trabajo, y si ayudarte no es obligatorio, no van a hacerlo.
  • Llorar, sentirse agobiada o triste no es debilidad, es la señal de que algo va mal y toca parar para reconocer un ambiente laboral tóxico antes de que te pase factura.

Tiempo después esa empresa entró en concurso de acreedores y cerró. Cuando lo único que sabes producir es mierda, tarde o temprano te vas a la mierda tú también.


Si tienes alguna historia que quieras contar por aquí, escríbeme a jenniffer@guaduastudio.com y la publico de forma anónima en los siguientes posts. Eso sí, al final de tu historia cuéntame qué aprendiste de aquella experiencia, qué te dejó de positivo. Gracias.


Retrato pixel art de Jenniffer Cubillos

gracias por leer