Amiga, date cuenta: no vas a heredar la empresa
Esto le pasó a la prima de una amiga:
Llegó a su primera beca en tech con toda la ilusión del mundo. Recién salida de la carrera, sin experiencia real en una oficina así, pero con ganas de demostrar que se merecía quedarse. Un lunes de verano le asignaron mesa y equipo. Y ahí se acabó todo movimiento: nadie podía darle tareas porque estaba asignada a una responsable de vacaciones. Tocaba esperar. ¿A qué? Daba igual. A esperar. Ahí aprendió, a las malas, lo importante que es poner límites laborales.
Una semana sentada en esa silla. Dos semanas, y ya se sabía los horarios de café de toda la oficina. Tres semanas, hasta que sus compañeros, textualmente, «se apiadaron» y le pasaron algo de documentación técnica para que al menos tuviera qué leer. Antes le habían soltado, entre risas, que la becaria anterior había aguantado con esa misma responsable solo una semana. Que era «complicada». Un mes después entendió exactamente a qué se referían.
Cuando la responsable por fin apareció, le dio documentación técnica y tareas de formato: cambiar el estilo de un Word, cuadrar fechas en un Excel. Nada que se pareciera a lo que había estudiado. La ilusión se fue apagando semana a semana. El problema no era la tarea en sí, era que nadie tenía intención de enseñarle nada.
En medio de eso, un compañero sin becario asignado la citó en una sala para hacerle, por su cuenta, un examen oral sobre la carrera. Su argumento: la generación de ella estaba peor preparada que la suya. Un hombre de treinta y cinco años necesitando medirse académicamente con una chica de veintitrés. Salió llorando camino a casa, convencida de que no sabía nada y de que nunca iba a llegar a ningún sitio.
Con los años entendió que esos comentarios solo hacen daño cuando quien los recibe todavía no tiene con qué pararlos, y que quien necesita hacer sentir a los demás como una mierda es, en realidad, el propio mierda. En aquel momento no tenía las herramientas ni la experiencia suficientes para parar esa situación y para que no le afectara como le afectó.
Y lo peor no fue eso. Fueron las llamadas. La responsable la llamaba fuera de horario, sin ninguna urgencia real, solo porque podía. Un sábado por la tarde llamó. Un sábado, con contrato de lunes a viernes. Desde entonces los domingos se le llenaron de ansiedad, de dolor de estómago y de miedo de que el resto de su vida profesional fuera así para siempre.
Cuando pidió una semana libre antes de los exámenes finales, la responsable le dijo que su contrato de becaria no le daba derecho a eso, que solo podía faltar las horas exactas del examen. Mentira. Pero ella no lo sabía, y la universidad nunca le presentó al tutor que en teoría debía vigilar que la beca fuera digna.
El día que decidió irse, se levantó de su mesa y fue directa al despacho del jefe de la responsable a decir que dejaba la beca ahí mismo. El jefe se levantó, fue hasta la mesa de la responsable y le preguntó si la dejaba marchar ya o si tenía que quedarse unos días más. Como si hablaran de un mueble, no de una persona. La respuesta, mirada gélida incluida, fue que se quedara hasta el viernes, aunque era martes y no había ningún tipo de trabajo pendiente que requiriera un traspaso de información. Después descubrió que, como becaria, ni siquiera estaba obligada a avisar con antelación.
Lo que le quedó de todo esto:
- Poner límites laborales no es opcional, es lo único que te protege.
- Tu tiempo libre es tuyo, y si lo cedes una vez, se vuelve la norma.
- Conocer tus derechos es la mejor defensa, porque en cuanto sabes lo que te corresponde, dejan de intentarlo.
- Si el cuerpo dice que ahí no es, ahí no es, mejor hacerle caso antes de que lo diga a gritos.
- Y ningún trabajo, por muy soñado que parezca al entrar, vale tu salud.
No hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo resista. Lo último que se supo de aquella empresa es que había cerrado y todos se tuvieron que buscar la vida. Acumular tanto mal karma no sale gratis.
Si tienes alguna historia que quieras contar por aquí, escríbeme a jenniffer@guaduastudio.com y la publico de forma anónima en los siguientes posts. Eso sí, al final de tu historia cuéntame qué aprendiste de aquella experiencia, qué te dejó de positivo. Gracias.